miércoles, 19 de junio de 2013

Brasil. Crece la protesta

Las voces de las calles deben ser escuchadas: Rousseff
Por sexto día, marchan miles en Sao Paulo, Río de Janeiro, Recife y Salvador de Bahía.
Pequeños grupos sostienec choques con policía; los dispersan con gases y balas de goma.
Afp, Dpa, Reuters, Xinhua y Notimex
Periódico La Jornada
Miércoles 19 de junio de 2013, p. 2

FotoSao Paulo, 18 de junio
Decenas de miles de personas se volcaron hoy a las calles de esta ciudad en la sexta jornada consecutiva de protestas contra el incremento en las tarifas del transporte público, la corrupción y el despilfarro. Río de Janeiro, Salvador de Bahía, Fortaleza y Recife, entre otras ciudades, fueron escenario de manifestaciones un día después de las históricas movilizaciones en las que participaron unas 250 mil personas en al menos 12 ciudades de Brasil.
La presidenta Dilma Rousseff dijo que las voces de las calles deben ser escuchadas. Su antecesor, el también izquierdista Luiz Inacio Lula da Silva, sostuvo –antes de las multitudinarias marchas del lunes– que nadie en su sano juicio debía oponerse a las mismas, y el ex presidente socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso señaló que los gobernantes deben entender el por qué de los acontecimientos.
En Sao Paulo, unos 50 mil manifestantes, según el instituto de sondeos Datafolha, y más de 10 mil, de acuerdo con la policía, marcharon de la catedral a la alcaldía.
Un grupo de personas atacó, cerca de las 19 horas locales, la alcaldía, apedreó los portones, pintó grafittis y rompió todas las ventanas; además de que sostuvo enfrentamientos con la policía.
Otro grupos rodearon la catedral de Sao Paulo y circularon por avenidas aledañas para continuar la protesta en forma pacífica.
Movilizaciones similares se realizaron en Río de Janeiro, Salvador de Bahía, Recife, Fortaleza y Sao Gonzalo. Al cierre de esta edición no había reportes acerca de la forma en que culminaron las protestas.
Rousseff realizó un viaje relámpago a Sao Paulo para reunirse con su padrino político, Lula, y ambos se encontraron con el alcalde Fernando Haddad –también del Partido de los Trabajadores–, en el aeropuerto de Congonhas, para discutir una eventual rebaja a la tarifa de autobús, metro y tren en la ciudad, cuya alza desató las protestas.
Porto Alegre, Recife y otras capitales estatales brasileñas anunciaron este martes reducciones en el precio del transporte público tras las multitudinarias protestas.
Horas antes, Rousseff declaró: Brasil amaneció hoy más fuerte. La grandeza de las manifestaciones de ayer comprueban la energía de nuestra democracia, la fuerza de la voz de la calle y el civismo de nuestra población.
En breve discurso pronunciado en Brasilia, la mandataria agregó: “Es muy bueno ver tantos jóvenes y adultos (…) juntos con la bandera de Brasil, cantando el himno nacional, diciendo con orgullo ‘soy brasileño’, y defendiendo un país mejor. Brasil está orgulloso de ellos”.
Se comprometió a escuchar a los manifestantes luego de que el lunes más de 250 mil brasileños salieron en todo el país para pronunciarse no sólo contra el aumento del precio del transporte, sino por los altos costos del Mundial de Futbol de 2014, en momentos en que se celebra en seis ciudades un ensayo general con la Copa Confederaciones. También exigen más recursos para vivienda, salud y educación.
Repudio a la corrupción. Mi gobierno está escuchando esas voces por el cambio. Mi gobierno está empeñado y comprometido con la transformación social, sostuvo Rousseff.
Este mensaje directo de las calles es de repudio a la corrupción y al uso indebido del dinero público, afirmó la mandataria, quien ha despedido de su gobierno a siete ministros acusados de desvío de recursos públicos.
Para el ex presidente Cardoso, quien aprovechó la coyuntura para destacar que los ricos del país nunca han simpatizado con Lula ni con Rousseff ni con sus programas sociales, la población no ve mejoría ni resultados en cuanto a crecimiento económico ni combate a la pobreza.
Las del lunes fueron las mayores protestas callejeras en 21 años en Brasil desde 1992, cuando se manifestaron contra la corrupción del gobierno del entonces presidente Fernando Collor de Mello, quien renunció al cargo durante su juicio político ante el Senado.
La mayor y más violenta protesta del lunes tuvo lugar en Río de Janeiro, donde marcharon 100 mil personas –según la policía–, cuando un pequeño grupo de manifestantes intentó invadir la Asamblea Legislativa. Arrojaron fuegos artificiales, cocteles molotov y piedras contra agentes de la Policía Militar; prendieron fuego a un coche y a basura en las inmediaciones, destruyeron escaparates de bancos y tiendas cercanas, y saquearon negocios mientras otros manifestantes les gritaban: ¡ladrones!¡sin vandalismo!
Cuando hirieron a un policía que cayó al suelo y comenzaron a patearlo, la Policía Militar intentó dispersarlos con gases lacrimógenos y balas de goma, así como con disparos de plomo al aire. No lo consiguió y 77 agentes se atrincheraron en la asamblea, 20 de ellos heridos, dijo un portavoz de la Secretaría de Seguridad de Río.
Los manifestantes prendieron fuego en la entrada de la asamblea y treparon los muros para intentar ingresar al histórico edificio, hasta que unos cien integrantes del batallón de choque llegaron en vehículos blindados y los dispersaron con gases lacrimógeno y balas de goma, arrestando a varios. Varias personas resultaron heridas, al menos dos de bala. Se desconoce si eran policías o manifestantes.
Las protestas en todo el país fueron convocadas mediante las redes sociales y carecen de liderazgo político o social definido. Denuncian el alza en el precio del transporte, y también los gastos para la Copa Confederaciones, el Mundial de Futbol 2014 y los Juegos Olímpicos 2016.
En Sao Paulo, donde ayer marcharon unos 65 mil manifestantes, un grupo intentó invadir el Palacio dos Bandeirantes, sede del gobierno estatal, y fue dispersado por la policía con gases lacrimógenos y balas de goma.
Escenas similares se repitieron en Porto Alegre, donde los inconformes destrozaron un autobús y prendieron fuego en la principal avenida de la ciudad; en Belo Horizonte, la policía dispersó a los manifestantes que intentaban acercarse al estadio Mineirao durante el juego Nigeria-Tahití, de la Copa Confederaciones.
En Brasilia, más de 200 manifestantes que portaban banderas lograron subir al techo del Congreso Nacional, donde se quedaron dos horas cantando el himno y luego descendieron.
La mayoría de las manifestaciones fueron pacíficas, pero en Río, Maceió y Porto Alegre derivaron en hechos de violencia y enfrentamientos con la policía.
Las protestas ocurren en un momento de magro crecimiento económico en Brasil y con la inflación al alza. Recientes encuestas señalan por primera vez una caída en la aprobación del gobierno de Rousseff, sobre todo entre los jóvenes y los más ricos.
La mandataria y Lula lideraron históricas revueltas populares antes de llegar a la presidencia; ella fue guerrillera y Lula, durante décadas, líder del sindicato de los trabajadores del metal, por lo que, según observadores, se da la paradoja de que ambos pertenecen a movimientos que parecerían el origen de las actuales protestas sin partido y sin líderes.
No entendemos lo que está ocurriendo, señaló el jefe del gabinete civil de la Presidencia de la República, Gilberto Carvalho. “Ni en nuestros tiempos conseguimos llevar 100 mil personas a la calle en pocas horas (…) Ellos, los jóvenes, dicen que nosotros usamos un repertorio del siglo pasado para dialogar y que no entendemos lo que está pasando. Nosotros estábamos acostumbrados a un vehículo con altoparlantes y líderes para negociar. Ellos no usan ni vehículo ni un comando”, agregó el funcionario, quien al parecer ignora el alcance de las redes sociales.
Jóvenes adultos con educación superior y sin filiación política integraban la mayoría de participantes en las manifestaciones del lunes. Según un sondeo de Datafolha, 84 por ciento de los consultados en Sao Paulo declaró no tener preferencia por algún partido político; 77 tiene nivel de educación superior y 22 por ciento son estudiantes.
Poco más de la mitad, 53 por ciento, tiene menos de 25 años y 71 por ciento participó por primera vez en la oleada de manifestaciones este lunes.
El detonante de las protestas fue el aumento del pasaje en el transporte público. En Sao Paulo, el alza fue de 7 por ciento, de 1.5 a 1.6 dólares, un precio alto en cualquier país; pero además en Brasil el salario mínimo mensual es de 339 dólares.
Por la noche, el procurador general, Luis Inácio Adams, negó que el país viva una crisis. “Hay manifestaciones aquí y en cualquier parte del mundo. No creo que represente una crisis.
Toda manifestación en una sociedad democrática es válida; tenemos una democracia para permitir manifestaciones colectivas, agregó.
Y destacó que las protestas no reflejan un rechazo al gobierno, sino a una sociedad que reclama mejoras en los servicios y en el desempeño del Estado, que merece ser escuchada.

Brasil: contexto del estallido social
editorial la jornada
Decenas de miles de brasileños volvieron a tomar ayer las calles de Sao Paulo y las inmediaciones de Río de Janeiro para protestar en contra del alza generalizada en las tarifas del transporte público, al denunciar la presunta corrupción en los gobiernos de distinto signo político y demandar la mejora de los servicios públicos. En capitales estatales como Porto Alegre y Recife, las manifestaciones de los últimos días derivaron en el anuncio de que se reducirán los precios en autobuses, metro y tren, en tanto que el alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, aceptó ayer mismo revisar el costo al público del primero de esos medios de transporte.
Las movilizaciones en varias urbes brasileñas resultan significativas no sólo por el elevado número de personas que han concentrado y por la coyuntura en que ocurren, sino porque tienen lugar en un país cuyo gobierno se ha enfocado, durante la última década, en contener los factores originarios de los descontentos sociales, y que parecía, en consecuencia, poco proclive al surgimiento de éstos. En efecto, más allá de la valoración que se tenga sobre los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff, es innegable que han sido particularmente exitosos en el diseño y aplicación de políticas de generación de empleo –como demuestra la creación de unos 18 millones de puestos de trabajo en los recientes 10 años–, reducción de la pobreza y combate al hambre –más de 30 millones de brasileños han transitado de los estratos sociales bajos a la clase media en ese periodo–, crecimiento del poder adquisitivo del salario –el cual ha aumentado más de 50 por ciento en términos reales desde 2003– y reactivación de las cadenas industriales, lo que ha dotado al país de perspectivas de desarrollo y dinamismo económico envidiables en la región y en el mundo.
Otro elemento novedoso de las protestas en Brasil es la respuesta que ha tenido la clase dirigente: a contrapelo de la sordera y las reacciones represivas que caracterizan a otros gobiernos frente a movilizaciones similares, Rousseff ha actuado con sensatez y contención discursiva, al grado de que ayer se dijo orgullosa de las movilizaciones y señaló que esas voces de las calles merecen ser escuchadas. Similares expresiones han sido utilizadas por el ex mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, quien señaló que nadie en su sano juicio puede estar en contra de las manifestaciones de la sociedad civil.
No obstante estos matices, que abren saludables perspectivas para una solución concertada en el país sudamericano, el claro origen social del descontento popular y el genuino carácter apartidista de las movilizaciones ponen en perspectiva un agotamiento y una necesidad de viraje por parte de la propuesta política de los partidos políticos tradicionales, particularmente del gobernante Partido de los Trabajadores.
Desde una perspectiva más general, el estallido de descontento en Brasil se inscribe en un contexto de movimientos sociales de nueva generación que van desde la llamada primavera árabe hasta el movimiento Ocupa Wall Street en Estados Unidos, pasando por los indignados de España y las protestas estudiantiles recientes de Chile y México. Más allá de su heterogeneidad, estas expresiones de inconformidad tienen como denominador común el uso masivo y sistemático de las redes sociales y de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, lo que los dota de enorme dinamismo, capacidad organizativa y proyección internacional.
Tales elementos, por último, tendrían que llevar a los gobiernos del planeta a verse reflejados en espejos como el brasileño: si el surgimiento de estas protestas es posible en un país cuya política social y económica ha estado orientada a la atención de los rezagos económicos y sociales, tanto más lógico resultaría que expresiones similares de inconformidad popular ocurrieran en naciones como la nuestra, donde las causas originarias del descontento han sido desatendidas e incluso aceleradas y multiplicadas por la aplicación del modelo económico depredador aún vigente.

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